OMPRESS-JAPÓN (7-10-21) La hermana Domitila Fuertes Ramos, una Misionera de Santo Domingo que lleva muchos años en Japón, en Osaka, en un colegio femenino de Enseñanza Media Superior. Desde allí nos recuerda sus años en León, cuando salía a postular por el Domund.

“Se acerca el Domund y a mi mente vienen los recuerdos de mi niñez, cuando salíamos por las calles de León a ‘postular para el Domund’ con unas huchas que tenían la figura del país al que representábamos, siempre cara de chinos y negros… Incluso hacíamos competición a ver qué colegio o qué grupo sacaba más… Y así, sin quererlo ni comprenderlo muy bien nos hacíamos colaboradoras de los misioneros que, nos decían, hacían tantos prodigios en tierras de infieles, o sea, de no cristianos.

Bien hoy hablo desde mi experiencia y al leer esto, muchos seguro que pensarán que esta clase de misiones no es muy normal. Generalmente estamos acostumbrados a pensar que las misiones consisten en poner en práctica servicios sociales como llevar alimentos, ropa, educación y toda clase de ayuda a las personas que no tienen ni siquiera lo imprescindible para vivir humanamente. Y esto es verdad pero hay otra clase de misión de la que yo voy a hablar porque soy en la que estoy ya casi 30 años. ¡¡¡Es decir!!! Cumplí 70 el 18 de julio de este año. Ni yo misma me lo creo porque estoy en activo, sin jubilación y con un coraje y energía que sobrepasa mis años por lo cual doy gracias a Dios.

Bien, soy natural de Mansilla del Paramo, León. Nací en una familia más bien pobre que rica, de labradores. Con el deseo de hacerme maestra salí del pueblo a los 14 años, a estudiar al Instituto de León y permanecí en la residencia de las Dominicas en Suero de Quiñones, internado para las chicas que veníamos de los pueblos e íbamos al instituto. Allí se fraguó mi vocación de religiosa dominica. Entré en el noviciado en Ávila. Pasado el tiempo de preparación a la vida religiosa fui destinada a las misiones de Japón, donde la Congregación de Religiosas Misioneras, denominada, Dominicas, necesitaban reforzar la misión al ser expulsadas de China, por el régimen comunista, el cual las expulsó después de castigarlas.

A Japón llegué y saltando detalles, ahora estoy en una ciudad que se llama Okazaki, de la Provincia de Aichi, Isla de Honsyu. Aquí estoy en un colegio de 1.068 jóvenes. Es colegio femenino. Las chicas tienen de 14 a 18 años… es el ciclo que corresponde en Japón a la Escuela Secundaria Superior. Vienen aquí después de tres años de escuela elemental y estudian tres años para pasar a la Universidad o Escuelas Profesionales, o simplemente se gradúan y comienzan a trabajar. Para casi todas es la primera vez que tienen la oportunidad de conocer el mundo cristiano y la religión católica.

Yo doy clases de religión y español optativo, en uno de nuestros colegios. El colegio se llama ‘Hikari ga Oka’, en español ‘Luz de la colina’, porque está asentado en una colina y cuando vinieron aquí en el año 1963, las religiosas españolas le pusieron ese nombre porque querían que la élite de esta parte de Japón se formaran con un criterio basado en principios humanos y religiosos, además del científico. Querían que fueran como la Luz que se pone en el candelero para que alumbre a todos. O sea, pensaron que a través de la educación podrían ser misioneras en un segundo plano, quizás, porque las verdaderas misioneras debían ser las mismas nativas. Comenzaron con mucho auge, también favoreció la situación de la época, tanto la política como la decadencia de valores espirituales del budismo, junto con el gran cambio que estaba dando Japón como nación para reponerse del desastre de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y de la derrota de la guerra. El cristianismo crecía cada día y los colegios eran una fuente de apostolado y evangelización inmejorable. Muchas de las ex graduadas de aquella época con sus 60 años y pico son, y siguen siendo hoy, las que trabajaron y trabajan por el aumento de cristianos, incluso de vocaciones religiosas. Japón se levantaba a pasos agigantados económicamente pero, por desgracia, la religión, en su caso budismo o sintoísmo, no lograron avanzar al mismo ritmo.

Pero, desgraciadamente, como en casi todo el mundo una fuerte economía trae como consecuencia una especie de crisis de valores religiosos. No podía pasar menos en este país del sol naciente. Esta degradación afectó, también, al cristianismo. Actualmente Japón está en la cumbre de los países desarrollados del mundo, pero la gente ha perdido el horizonte de su lucha por la vida. Las nuevas generaciones nacen con ‘todo hecho’ y lo único que pueden hacer es insertarse ‘mansamente’ a ese nivel social y a sus valores, más bien, materiales y de consumismo a altos niveles, o se rebelan y no entran por ese ‘conformismo fácil’ y, en ese caso, buscan nuevos caminos para dar un sentido a su vida sin sentido. Y en esta búsqueda se encuentran con el camino de la religión, como opción. Algunas personas no terminan de encontrar su ‘identidad’ y se quitan la vida, no tanto pensando en el suicidio sino en dar una luz nueva a una vida que no encuentra el camino por el que debe caminar en busca de la felicidad. Por eso los japoneses no tienen mucha conciencia de que el suicidio es algo malo, es como un camino a elegir cuando otros caminos se les niegan.

Así, pues, nuestra labor, como misioneros, no es tanto dar o traer o enseñar cosas materiales, sino dar, traer y enseñar el valor de la vida, de dónde procede, para qué sirve, cómo hay que hacer uso de esa vida que se nos regala como don Dios. En definitiva inculcarles los valores del cristianismo para que ellos mismo puedan ser constructores de una sociedad más humana y comprometida con la felicidad, bienestar y desarrollo de todas las personas.

Un 25% frecuenta colegios o instituciones religiosas, donde se les enseña los valores humanos. Pero, también, tengo que decir que solo un 0,04% son cristianos. Esto quiero decir que yo que estoy en un colegio donde están matriculadas 1.068 chicas de 14 a 18 años, solo son cristianas 3 chicas… y de 97 profesores y 15 oficinistas solo son cristianos unos 10 entre todos. Los bautismos son pocos, pero la evangelización adquiere una gran dimensión. En el momento actual lo nuestro es sembrar, con la seguridad de que habrá fruto, aunque sean otros quienes lo recojan.

Ustedes, los amigos de las misiones, pueden ayudarnos con oraciones para que Dios abra el corazón de esta gente para que lleguen a creer y seguir al Señor, incluyéndolo en sus vidas. La labor nuestra del misionero es preparar el terreno para la siembra, y cultivarlo para que la semilla crezca y dé frutos. Necesitamos de su unión a través de la oración y recuerdo, para que no nos desanimemos de seguir sembrando sin descanso, la Palabra de Dios y de llevar la alegría y las ganas de vivir a este pueblo que busca un aliciente en sus vidas para seguir viviendo con paz y esperanza.

Espero que esta versión de una misión necesitada de actividades espirituales y pastorales les haya hecho comprender que no todo consiste en una ayuda material, también se necesita la fuerza y el coraje para predicar a Cristo desde el sentido de la fe. Gracias por todas las personas que nos respaldan y ayudan de cualquier forma. En unión de oraciones”.