OMPRESS-ZARAGOZA (24-01-22) Este pasado domingo las Misioneras Combonianas invitaban a unirse a su acción de gracias por el 150 aniversario en una celebración eucarística. Manuela Martín, misionera comboniana es una de estas religiosas que han entregado su vida a la misión, convirtiéndola en parte de su día a día.

“Me llamo Manuela Martín y soy de Alfambra, Teruel. Llegué a Ecuador en 1973 y allí he estado hasta que por problemas de salud tuve que regresar a España. Ahora me encuentro en Zaragoza. La mitad de mi vida misionera la dediqué a la Animación Misionera en colaboración con las Obras Misionales Pontificias (OMP) tanto a nivel nacional en Ecuador como en el Vicariato de Esmeraldas. Éramos un equipo intercongregacional que preparábamos las campañas del Domund, la de Jóvenes sin fronteras, Infancia Misionera… A nivel continental, cada cuatro años, colaboré en la preparación de los Congresos Misioneros de América Latina (COMLA O CAM) con el equipo de las OMP. El trabajo en equipo intercongregacional y con la Iglesia local ha sido una experiencia muy enriquecedora y muy valiosa en mi vida misionera.

Dediqué mucho tiempo y energía también a la formación de los Animadores de los Niños de la Infancia Misionera. ¡Ni se imaginan los que los niños son capaces de hacer si se les motiva! Recuerdo una vez en un colegio que hablando de la Infancia Misionera una niña quedó tan impactada que pidió a su mamá que le trajese la maleta porque ella quería ser misionera. La niña tenía 7 años. Otra niña había oído hablar del poder de la oración y de cómo Jesús escucha la oración de los niños. Sus profesoras se dieron cuenta de que la niña había cambiado sus costumbres y se dormía en clase. Cuando la maestra le preguntó qué pasaba, ella dijo que sus papás estaban en proceso de separación y por eso se levantaba por la noche para rezar por sus papas, y que lo que ahorraba de sus chucherías lo daba a los niños de la infancia misionera. Le pedía a Jesús para que sus papás no se separaran. Después de un tiempo supimos que sus padres se habían reconciliado y se habían casado por la Iglesia. Las oraciones de la niña habían obrado el milagro. Hoy esta pareja forma parte del Movimiento Familiar Cristiano.

He pasado casi toda mi vida misionera en la provincia de Esmeraldas donde la mayoría son afrodescendientes. Un pueblo con mucha gente joven, que saben vivir con poco y saben compartir con los que no tienen. Les gusta celebrar las fiestas con mucha alegría y con un entusiasmo que contagian a todos.

Allí conocí a Serafín un señor muy mayor al que yo llevaba la comunión todos los días. En una ocasión su casa ardió y los vecinos lo sacaron de allí muy malherido. Lo llevaron al hospital y cuando le curaban todas sus heridas no se quejaba. El doctor le dijo “quéjese Serafín, porque sé que le hacemos daño”. Él contestó “solo me hacen cosquillas”. Pero luego me dijo que lo que sufría se lo ofrecía a “Diosito” por los jóvenes y los niños.

He trabajado también con catequistas, en la preparación a los sacramentos de niños, jóvenes y adultos. Era muy bonito ver con qué ganas participaban en esta preparación. Han sido años muy intensos, vividos con mucha alegría a pesar de las dificultades. Hoy sólo me queda agradecer al Señor por todo lo que he compartido con el pueblo esmeraldeño. Creo que puedo resumir mi vida diciendo que he aprendido mucho de ellos y que he recibido mucho más de lo que yo misma he podido dar”.