OMPRESS-MADRID (25-3-22) Manuel Fernández García es un misionero de África (Padres Blancos) que ha desarrollado su misión en Malí y República Democrática del Congo. Nacido en Cúllar Vega, un pueblo de la vega de Granada, recuerda que “de él salimos muchos misioneros, uno de ellos mi tío jesuita, que se fue a Japón y allí murió”, y tiene claro que “el misionero se hace en los bancos de la parroquia; no es ni héroe ni nada parecido”. Actualmente es el coordinador de Misiones de la Vicaría I de Madrid y, en razón de ese servicio, se ha encargado de articular la Semana Misionera que está desarrollando el Servicio Conjunto de Animación Misionera (SCAM) en la madrileña parroquia de Santa Paula.

En el contexto de esta Semana, el P. Manuel Fernández ha compartido la experiencia de su vida entregada a la misión: “En el pueblo nos visitaban bastantes misioneros, y sus testimonios abrieron en mí la sed de anunciar a Jesucristo en África, pues se decía que era el continente más pobre. Una parte de su realidad la conocí a través de dos padres blancos de mi pueblo, que nos cautivaban con sus testimonios cuando venían de vacaciones.

En mi experiencia misionera he comprendido que la evangelización y la promoción humana van de la mano. En Malí, con más del 70% de la población musulmana, la Iglesia la forman pequeñas comunidades, y me impresionó el respeto que allí nos tenían a los cristianos. Los cristianos malienses eran verdaderos testigos de ese encuentro que habían experimentado en cuatro años de catecumenado intensivo. Habían dejado atrás ciertas tradiciones ancestrales, como considerar a sus fetiches como dioses, lo que acarreó a algunos la muerte.

La pastoral de pequeñas comunidades de base ha sido una gran experiencia para mí. La ayuda mutua entre sus miembros e incluso a los musulmanes era impresionante. Recuerdo cómo, en un momento de hambruna, la familia necesitada era ayudada de una manera muy discreta y caritativa: por la noche ponía un cesto en el patio de la familia que podía ayudarla y, por la mañana temprano, encontraba el cesto lleno… Otra gran experiencia fue la pastoral con los jóvenes. El grupo de los estudiantes estaba formado por cristianos y musulmanes, y me impactó el deseo de hacer camino juntos, de reflexionar y rezar juntos desde religiones diferentes.

En la R. D. del Congo, país cristiano en casi un 80%, la Iglesia es muy fuerte y muy influyente en la vida social. Toda la Iglesia, comenzando por sus obispos, no tiene miedo a hablar y denunciar las injusticias ni el mal gobierno o la corrupción de sus gobernantes. Aquí también existe el catecumenado, reducido a dos años. Las ceremonias de los sacramentos de iniciación —bautismo, confirmación y comunión— son de una belleza y profundidad pasmosas. Pueden durar hasta tres o cuatro horas y nadie se cansa; se celebra lo que se ha vivido.

Los diversos grupos que forman la parroquia están representados en el Consejo Parroquial, que se reunía una vez por mes, y son el motor de la misma. Por ejemplo, en el grupo de monaguillos había más de 100 niños y jóvenes que se reunían dos veces por semana para preparar bien la misa del domingo. Lo más impresionante en el Congo, es que, a pesar de la mala gobernanza y la pobreza endémica, son capaces de reunirse todos los días en sus comunidades de base para compartir la Palabra de Dios en relación con sus vidas. Estas comunidades las llevan catequistas formados en centros especiales durante tres años. Gracias a ellos, las comunidades tienen su celebración de la Palabra todos los días y domingos, pues los sacerdotes no pueden llegar a todas ellas”.