OMPRESS-UCRANIA (9-03-22) El monasterio de Don Orione de la ciudad ucraniana de Lviv se ha convertido en un punto de acogida y de paso en su huida para muchas personas que huyen de las bombas en la guerra sin sentido que está destrozando tantas vidas en Ucrania. La revista Popoli e Missione de las Obras Misionales Pontificias en Italia recoge las palabras del padre Moreno Cattelan. Habla desde la ciudad refugio de Lviv donde se han habilitado campos de refugiados en grandes espacios, desde el estadio hasta los gimnasios pasando por los cuarteles o la estación de tren. La ciudad está en medio del camino que une las ciudades bombardeadas y la frontera occidental de Ucrania. También hay mucha esperanza, solidaridad y redescubrimiento de Dios: la vida comunitaria en el monasterio orionino utilizado como refugio es ocasión de oración y de acción. “Solo la caridad salvará al mundo”, dicen los misioneros de Don Orione, cuya institución se llama, algo ahora más necesario que nunca, Pequeña Obra de la Divina Providencia.

“Hay personas que han estado dentro de los refugios durante una semana, donde no hay nada más que colchones en el suelo, todo el metro de Kiev se ha convertido en un gran búnker, pero ¿cuánto tiempo podrán resistir sin un respiro?”, pregunta el padre Cattelan, por teléfono desde Lviv. Cuenta cómo los sacerdotes celebran la misa y “algunos de los refugiados piden la Biblia o el catecismo. El testimonio de la caridad abre el corazón. Un señor quería que le hablara de Dios”. El mismo hecho de que los misioneros hayan decidido quedarse, no ser repatriados, y seguir desplazándose hasta la frontera para acompañar a los autobuses y coches con los que se está huyendo, es un fuerte testimonio.

“Nunca dudé ni por un momento que quería quedarme, para mí cada persona que huye es una reliquia”, dice el misionero de Don Orione. El aumento del flujo de refugiados en estas horas (mujeres y niños que llegan a la zona libre) es una señal de que la emergencia ha aumentado, el estadio de la ciudad se ha convertido en un campo de carpas. “Lo vemos por las llamadas de ayuda que llegan aquí”, dice el sacerdote, “tenemos cinco o seis solicitudes cada media hora para recibir a personas de toda Ucrania. Hay quienes se quedan y quienes se organizan para volver a irse. Pero, ¿cómo vamos a llevar a una mamá con bebés de siete u ocho meses al estadio o al gimnasio? Aquí por lo menos tenemos baños y cuartos y un lavadero”.

El monasterio es un punto de referencia y también un nudo logístico para la salida de autobuses con destino a la frontera con Polonia y Hungría. “Hay mucho movimiento, hay que organizarlo todo: no duermo por las noches, no por miedo a las bombas, sino porque pienso en todo lo que hay que hacer”, confiesa el padre Cattelan, que sin embargo siempre se muestra sereno. El cansancio se ve aliviado por la alegría de ver llegar a los refugiados a su destino, como en el caso de un grupo de invidentes que el viernes por la tarde fueron acompañados hasta la frontera europea y de allí a Italia. “Todos estábamos preocupados, por supuesto: luego comenzamos a orar, los confiamos a los ángeles de la guarda y todo salió bien. Los sacerdotes nos hemos dividido las tareas: estamos en tres lugares diferentes, pero en el almuerzo tratamos de estar todos juntos”.

“Esta es una ciudad simbólica para la Iglesia greco-católica, ha habido mártires y persecuciones contra la fe en el período soviético”, explica. “Una señora que en aquella época tenía 14 años nos dijo que había pasado 12 años en Siberia porque habían encontrado a su familia asistiendo a misa en el bosque. Sin embargo, tiene más miedo hoy que entonces”.