OMPRESS-ARGENTINA (18-10-21) Florentina Fernández, misionera dominica de la Anunciata de León, cuenta su vida en Argentina, donde el pasado 15 de agosto la comunidad de su congregación cumplía 50 años de misión. Llamadas por el obispo de Añatuya, Mons. Jorge Gotau, las hermanas fundaron la comunidad en esta diócesis el año 1971. La misionera cuenta su experiencia pastoral allí.

“‘Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia…’. Realmente me sale del alma esta frase del salmo porque para mí vivir en Añatuya se ha hecho oración el versículo de este salmo. Añatuya fue mi primer destino después de los años de formación en la casa estudiantado. Ahí hice mi profesión perpetua presidida por Mons. Jorge Gotau (todo un santo). ‘La misericordia del Señor fue grande conmigo…’.

Llegué a Añatuya en febrero del año 1973; hacia dos años que se había abierto la nueva comunidad formada por tres hermanas. Vivimos en la casa parroquial al lado de la Iglesia San José. El párroco era un sacerdote italiano, el padre Pablo, un santo sacerdote de 75 años que nos apoyo en todo. Ahí termine 4º y 5º año de secundaria, después cursé tres años de magisterio pensando en enseñar en una escuela del campo que se encontraban muy abandonadas; pero me quedé con el sueño sin realizar… En febrero de 1978 mis superioras me destinaron a la comunidad de la Serena – Chile. En el año 2009 me designaron de nuevo a la comunidad de Añatuya hasta 2012 y en el año 2017 por tercera vez volvía a Añatuya hasta 2020 que decidí venir a España para cuidar a mi madre de 94 años.

En la comunidad además de la pastoral en los barrios, el estudio etc. Nos repartíamos todas las tareas de la casa. Se me asigno para trabajar pastoralmente, los barrios: Colonia Osvaldo, las ladrillerías y la leñera. En este barrio ya había una capilla y junto con algunas catequistas ya estaba un poco organizada la pastoral. Especialmente la catequesis de niños y adolescentes. En Colonia Osvaldo y las ladrillerías no había nada organizado, una religiosidad popular en torno a  los difuntos y la fiesta de San Miguel una vez al año. Comencé a conocer el barrio sin tener ninguna experiencia pastoral. Muchos días caminé por los barrios, conversando con la gente y así conocer un poco la realidad que me tocaba en heredad…

Después de tres meses, junto con algunas jóvenes sin experiencia pero con buena voluntad comenzamos la catequesis de niños y adolescentes en el patio del rancho de Dona Raimunda y Cayetano Landriel. Ellos tenían una capillita dedicada a San Miguel, patrono del barrio. Más tarde comenzamos la evangelización de un grupo de jóvenes cuyo lugar de reunión era un algarrobo en el patio prestado por otra señora del mismo barrio. Esos jóvenes se fueron integrando en la pastoral juvenil de la diócesis: camarujos, convivencias, retiros, fogones, olimpiadas juveniles, encuentros de oración, concursos de cantos folclóricos etc. Todas las actividades de la pastoral juvenil junto con los responsables de cada sector eran coordinadas por un sacerdote salesiano.

Con algunas señoras del barrio se fue organizando Caritas orientado, por la directora diocesana (una laica consagrada) para así poder ayudar a los más necesitados que eran muchos y carecían de todo. Después de tres años el obispado, con la colaboración del barrio, construyó la primera capilla dedicada a San Miguel. Vivimos unos años de mucha austeridad y carencias a todo nivel pero puedo decir que viví muy feliz, entregando lo que yo era y pobremente podía. La hermana Piedad Sánchez, ayudada en el proyecto de vivienda y la colaboración de los vecinos, trabajó incansablemente para erradicar los ranchos y construir viviendas de materiales libres de la Vinchuca y el mal de Chagas. Para evitar que las jóvenes se fueran a Buenos Aires a trabajar, que muchas de ellas cayeran en la prostitución, se organizó un taller de tejido a mano y a máquina. Al mismo tiempo se iban formando cristiana y humanamente. Desde el Obispado estaba muy bien organizada la pastoral de conjunto. Todos nos sentíamos familia de la Iglesia diocesana. La semana de pastoral, cada año organizada con diferentes temas de formación, nos alimentaba y sostenía para seguir trabajando en el anuncio del Reino de Jesús con alegría y entusiasmo a la luz de la Palabra de Dios, que era el centro de todos los encuentro.

En la actualidad la pastoral de los barrios, con la participación de los laicos, está muy bien organizada: catequesis de niños y adolescentes, formación de catequistas, Caritas, talleres de trabajo; costura y tejido. Celebración de la Eucaristía y demás sacramentos. Misiones en el barrio casa por casa dos veces al año. Visita a los enfermos y ancianos llevándoles la comunión.

Después de tantos años vividos en Añatuya siento que me ayudó a madurar humanamente, a crecer en la fe, a sentirme cada día más firme en mi compromiso bautismal misionero y evangelizador. Desde la comunidad de las hermanas, siempre estuve muy integrada a la Provincia religiosa y desde ella enviada a la misión. Amé y amo mucho a la gente y me sentí muy acogida por todos. He tratado de acompañar y caminar al lado de la gente, no detrás ni delante. Tendría mucho que decir en el recorrido de estos años. Simplemente digo gracias a Dios, gracias a todas y a todos con los que me tocó vivir y trabajar en esa porción de Iglesia. Felicidades por estos 50 años de misión y que Dios siga bendiciendo el trabajo pastoral de la comunidad de Dominicas de la Anunciata en Añatuya, Santiago del Estero, Argentina”.